miércoles, 14 de julio de 2010

UNA POSTAL FAMILIAR


La visión del enorme reloj de pared le producía un dolor casi físico, dorado y ostentoso, se erguía junto a la pared como orgulloso de su mal gusto. Nada más entrar, de la puerta de la izquierda salió el maître, un curioso hombrecillo calvo, vestido con un traje de chaqueta excesivamente grande y que saludó efusivamente a los padres de Alberto, y a éste le dio dos sonoros besos. Alberto los presentó;
-Esta es Verónica, y ellos mis suegros- si os puedo llamar así…- Todos sonrieron aquel comentario, menos Martín, que fue incapaz siquiera de fingir una mueca.
Tras los protocolarios saludos y algún que otra anécdota que pretendió ser graciosa, el hombrecillo los hizo pasar a un comedor de paredes empapeladas y una extraña decoración que recogía lo más abyecto del estilo Luis XVI aderezado con algún toque típico español que revelaba el carácter de “asador” del establecimiento. Martín buscó la mirada cómplice de su mujer, Clara, pero ésta se mostraba esquiva.
-¿A que es precioso?- la madre de Alberto cogió del brazo a Clara y le fue mostrando los más pequeños detalles del salón- La mujer de Damián es decoradora, por eso tiene tanto gusto.
Cuando se sentaron, Martín respiró hondo y se pidió como aperitivo un Dry Martini para intentar digerir todas aquellas sensaciones. Frente a él tomó asiento el padre de Alberto, un adinerado marmolista que sudaba abundantemente bajo su traje de chaqueta color crema. La vista de Martín se centró en el alfiler de corbata, dorado con incrustaciones de piedras, el codazo que le dio Clara lo sorprendió pensando dónde sería posible comprar algo así.
-La consulta la tenemos en Duque de Calabria, dónde la tenía el padre de Martín…- dijo Clara sonriendo a los padres de Alberto.
Observando a su mujer se sintió orgulloso de ella, de su refinada delgadez, la piel morena, y ese estilo único de mover las manos, que se hubiesen hecho entender por sí solas, sin necesidad de palabras. Por un momento se reconcilió consigo mismo, se sintió a gusto. Mientras, Clara seguía hablando.
-Martín es la tercera generación de médicos de la familia, y si Dios quiere, Verónica será la cuarta- su hija enrojeció mientras Alberto la cogía cariñosamente de la mano.
Pensó que junto a Clara, ninguna conversación corría peligro, era una criatura social, tras la que él se resguardaba en situaciones incómodas como ésta. Siempre sabía lo que decir, como agradar, y lo ejercitaba en cualquier foro, solícita y educada desde un club social hasta el mercado, desde una recepción oficial, a la cola del cine. Él observaba. Odiaba hablar cuando no tenía nada interesante que decir.
-…Y eso que los objetivos de este año eran de aúpa - Alberto explicaba cómo había conseguido más ventas que ninguno de los otros jefes de área, cargo al que había accedido de manera prematura para lo que solía ser habitual en su empresa.
Martín observó a su hija, sonriente, como envenenada por la peligrosa droga de la juventud, era una digna sucesora de todas las generaciones de jóvenes engañados y felices, enamorados; Verónica era inocente y parecía embobada por aquel vendedor de coches locuaz y atractivo que no había dejado de hablar en toda la noche. Bebió un buen trago de vino como para mitigar su malestar, mientras observaba al padre de Alberto abalanzado sobre el plato, comiendo con fruición y manchándose el frondoso bigote. Martín se sonrió al pensar en su amigo Koldo diciendo “desengáñate, hoy en día sólo llevan bigote los fachas y los maricones”
-…Pues yo ya se lo he dicho a los chicos– rumiaba entre bocado y bocado el marmolista- Yo tengo un piso en el centro que se acaba de quedar vacío, si lo quieren para ellos…
-Tampoco creo que sea tan urgente- intervino Martín, con un punto de disimulada indignación- Al fin y al cabo, Verónica ni siquiera ha terminado la carrera.
- Pero ya sabes que los jóvenes, lo que quieren es estar juntos, cuanto más tiempo mejor, tu ya me entiendes... - Y soltó una sonora carcajada que a él le pareció más propia de alguna especie animal, que de un ser humano.
Martín sintió una especie de indisposición, y en un repentino acceso de ira se recriminó su falta de valor para abandonar la mesa y dejar plantados a aquellos maleducados nuevos ricos. Creyó atisbar la preocupación en la cara de su mujer, que seguía evitando su mirada, como huyendo de una complicidad que sólo podía hacerles daño. Clara introdujo un nuevo tema de conversación que distendió el ambiente de manera inmediata.
Sin embargo, cualquier nuevo giro que tomaba la conversación, a los ojos de Martín, quedaban más claras las carencias de aquel trío; la madre, bien callada, o bien arguyendo obviedades, el padre, seguro siempre de tener la razón, soltando verdades irrefutables y riéndose sus gracias unilateralmente, y su hijo, todo argumentación y carente de fondo, adornando con abundantes palabras las afirmaciones más banales. Y lo peor es que Verónica se sentía a gusto en medio de aquella barbarie, estaba embelesada con los excesos verbales de su pareja, y reía las ocurrencias del padre, que ya en los postres, desprovisto de la americana, parecía haber sido envuelto en su camisa de seda de color imposible.
Pero nada es eterno, y Martín siempre confió en su paciencia, así que haciendo acopio de estoicismo, esperó que aquello acabara, colaborando con monosílabos y afirmaciones redundantes a aquellas conversaciones que tan poco le aportaban. Entonces, después de los postres, cuando “el hombrecillo” empezaba a recoger la mesa, Alberto se levantó.
-Pues como Verónica no se decide a decirlo, lo diré yo. Papás… Clara, Martín- su hija se cubrió la cara con las manos- Verónica y yo nos vamos a casar- y tras ésta afirmación, con su mejor sonrisa en la cara, dio un paso hacia Martín con los brazos abiertos esperando ser correspondido.
Lo primero que le vino a la mente a Martín fue la imagen de un brazo amputado que vio en su época de estudiante, mientras hacía prácticas en el hospital. La violencia del corte hacía que le miembro ni siquiera sangrase. Se le petrificó la sonrisa en la cara, e inconscientemente se levantó y respondió al abrazo de su futuro yerno mientras notaba que sus poros se abrían repentinamente y empezaba a sudar. Lo cierto es que después no hubiera sabido recordar lo que pasó en los siguientes dos minutos, en los que los padres de Alberto, alborozados, abrazaban a su hija y a su mujer, y después cómo no, a él.
-¡El padre de la novia!, como me alegro de que vayamos a ser consuegros- mientras le palmoteaba la espalda, el padre de Alberto pidió al pequeño maître que sacara dos botellas del mejor champán francés.
Cuando cesó el revuelo inicial, al sentarse de nuevo en la silla, Martín buscó la mirada de su mujer, pero ésta sólo concedió en coger su mano, mientras se dirigía a Verónica, preguntándole por los planes que tenían para la ceremonia. Su futuro yerno, excitado como estaba, hablaba incluso más que antes, como para evitar dejar el mínimo hueco de incomodidad en aquella mesa que todos recordarían por mucho tiempo, aunque no por las mismas razones.
Su consuegro no le permitió pagar, sino que le instó a que le devolviera la invitación, pero a solas.
-Ahora tenemos mucho de qué hablar, que ya somos familia.
Cuando tomaron la calle, el frescor nocturno fue un bálsamo para la inquietud de Martín. Mientras andaba hacia el coche, lo abrazaron por detrás. Supo por las largas manos de uñas naturales aunque cuidadas, que se trataba de Verónica. Se giró y le dio un beso en la coronilla.
-Ni se te ocurra pensar que me he planteado dejarme la carrera, pero para qué esperar más, papá. Sé que es él. –En la profundidad de aquellos grandes ojos distinguió ilusión y miedo, y un deseo enorme de ser aceptada.
A Martín se le humedeció la mirada, aunque disimuló como pudo aquella incómoda emoción. Dio un abrazo a su hija y apretó su cintura buscando provocarle cosquillas. Al minuto siguiente ya estaban todos juntos frente a los coches, se despidieron y subieron por parejas cada uno al suyo. Al marcharse hicieron sonar el claxon.
Cuando se quedó a solas con Clara, apenas iluminados por la furtiva luz de las farolas, decidió guardar silencio. Un silencio compartido, confidente, un silencio que decía mucho, aunque no tenía necesidad de decir nada. Pararon en un semáforo, y Clara se giró hacia el, y sonriéndole con cara de incredulidad, se echó las manos a la cara y comenzó a reírse. El rió junto a ella y la abrazó mientras negaba ligeramente con la cabeza.
Unos segundos después, un coche pitó. El semáforo estaba en verde. Clara puso la primera y los dos avanzaron hacia aquel futuro que les estaba esperando, junto a su nueva familia.

FIN

miércoles, 9 de junio de 2010

ALGO, EN CIERTO MODO, INEVITABLE



Con solo apretar una tecla todo se fue al traste. Félix, el empleado modélico, el astuto emprendedor, el combativo capitán del equipo de rugby de la universidad, el sagaz negociador, el ínclito aprendiz de prohombre que con sus incursiones en la política había encarnado la joven esperanza del partido neo conservador, cambió el curso de los acontecimientos sin pestañear, con la naturalidad de quien revisa un balance, o elimina un correo electrónico.
Aunque aquello no fue tan repentino, lo había preparado durante algún tiempo. Como se rumoreó más tarde en la soleada terraza del club de hípica, esas cosas no es posible improvisarlas, nada de eso. Y ciertamente, se comprobó que la valiosa rúbrica de Félix estaba estampada en los documentos desde hacía más de una semana, los plazos, controlados magistralmente, y una alternativa diseñada para cualquier posible contingencia. Como un genial estratega, con sus plenos poderes, había ido tejiendo una consistente red por la que el destino de aquellos fondos era inapelable. Días después, entre copas de Martini y puros habanos, en la tranquila y perfumada atmósfera de los clubes sociales, la gente hablaría; los visionarios se jactaban de haberlo previsto, de intuirlo por algún que otro gesto, y sus más allegados callaban o simplemente rehuían cualquier comentario al respecto de la gran noticia.
La mañana en la que todo cambió, Félix salió de casa pronto, bañado en perfume caro, en los puños sus gemelos de la suerte se entreveían bajo la americana de lana fría. Anudada al cuello, bajo la prominente nuez, una bella corbata de seda, y en la mano, su portafolios de Loewe, en el que guardaba más secretos de los que nadie hubiese imaginado. Cuando bajó al garaje se cruzó con un vecino, que le dio los buenos días, y entró en su enorme coche de camino a su sesión diaria de gimnasio. Ginebra no es muy grande, y sobre todo no existen tantos gimnasios en los que uno pueda confiar, le decía su amigo Thomas mientras se cambiaban juntos en el vestuario, así que allí vio a varios altos ejecutivos de su misma firma, que posteriormente recordarían aquel encuentro una y otra vez, en busca de algún indicio válido para explicar el comportamiento de su colega.
Unos meses atrás, la carrera de Félix había alcanzado su punto álgido, cuando fue elegido para defender a la compañía ante un auditorio hostil. Se les acusaba de especular con alimentos básicos, como el trigo o el arroz, y así incrementar el precio del sustento básico de millones de personas. Lo que llegó como un encargo complicado, que podría haber hundido su carrera, se convirtió en su consagración como una persona locuaz, capaz incluso de convencer a los beligerantes representantes de las ONG’s. Su actitud firme pero dialogante, su convincente sonrisa, consiguió las adhesiones de unos cuantos y calmó la ira de otros. Durante unos meses, en Ginebra no se habló de otra cosa.
Pero hasta lo más increíble puede suceder en un momento, las estructuras más fuertes resultan endebles frente al poder del destino. Sin embargo, aquella mañana nadie pudo hallar una sola señal, reveladora de lo que más tarde sucedería. Ni el desayuno con los demás gerentes de zona, ni su habitual lectura de la prensa cambiaron lo más mínimo. Félix departió amistosamente con sus compañeros, y apenas un ligero temblor en su mano se podía percibir si se le observaba detenidamente al coger la taza del café. Cuando acabó su desayuno laboral, como se supo después, realizo unas cuantas llamadas de teléfono y solicitó a Chantal, compañera de sección, informes varios que servirían de cortina de humo a aquel plan, urdido hacía ya algún tiempo.
Antes de casarse, Chantal y él tuvieron más de un encuentro, y más de un desencuentro. Únicamente sexo fugaz, dirían mas tarde, un alimento necesario para sobrevivir en aquel ambiente hostil, lejos de casa. Él español, ella francesa, y los dos jóvenes y bellos. Ambos con una enorme capacidad de trabajo y preparados para el sacrificio. Pero todo tiene un límite, y la noche traiciona en ocasiones la firme voluntad de no mezclar asuntos laborales y sentimentales. Sin embargo la dirección de la empresa es irreductible en sus planteamientos, y no tolera ese tipo de escarceos, que como todo el mundo sabe, son un perjuicio para la actividad profesional. Así que Chantal tomó unas vacaciones forzosas, para reflexionar, y se reencontraron unas semanas después. A partir de aquello, su trato era distante, únicamente profesional. Él mantuvo su ascenso, pero a ella le costó la carrera. Luego llegó la boda de él, y con ello su cambio de estatus. Lidia era la hija única de uno de sus mayores inversores.
Al mediodía, Félix comió con un importante agente de bolsa, que semanas después, al ser preguntado, diría que percibió en su voz cierta aceleración, como una conversación más atropellada, una inusual excitación. Y ciertamente en aquellos momentos se sentía como una cabina estanca, como un enorme bunker que hacía imperceptible desde el exterior, el enorme estruendo que vivía por dentro. Había empezado la cuenta atrás, y sabía que en aquellos momentos, más que en ningún otro, sus planes podían frustrarse irremisiblemente.
De hecho, su proyecto no anduvo lejos de quedar en tentativa, cuando Lidia descubrió unos papeles que había olvidado sobre el taquillón de la entrada de su casa. Félix tuvo que emplearse a fondo para darle una explicación convincente. Aquella sería la última vez que hablaría. Ella nunca se explicó nunca cuales fueron las razones de su marido para llevar a cabo tamaña afrenta a la confianza de la compañía, y a la suya. Los motivos para mandar al traste tres años de convivencia. Nunca comprendió cual era el fallo, qué propició su huida. Años atrás, cuando se conoció su compromiso, las reacciones fueron de envidia y admiración a partes iguales. Eran la pareja de moda, el ejemplo a seguir, la encarnación de un modo de vida.
Durante los meses siguientes al desastre, Lidia estuvo encerrada en casa, como atrapada en un infinito bucle de preguntas, ¿si quería huir, porqué no le dijo nada? ¿Dónde estaría, y con quién? Repasó una y mil veces los últimos días con él, en búsqueda de alguna razón para su cambio de actitud, pero no encontró nada extraño, nada revelador. Su penitencia únicamente acabó cuando, meses después rehízo su vida con un amigo de la infancia.
La consumación del plan de Félix sucedió sobre las ocho, cuando el edificio sólo lo ocupaban a partes iguales, limpiadoras y guardias de seguridad. Una vez que tuvo todo preparado, en la quietud de su despacho, entornó las persianas y puso algo de música. Bajo los majestuosos acordes de La Valquiria de Wagner, reflexionó un momento antes de darle al ordenador la orden definitiva. Luego, como cumpliendo un rito, de manera ceremoniosa, rítmica, pulsó el “Enter” varias veces. Fue como un paso en el vacío, que lo precipitó hacia el hondo abismo de lo inevitable, y lo dejó inmóvil, aferrado a los brazos del sillón, repasando las caras de aquellos a los que les dedicaba su hazaña. Antes de salir del despacho lo contempló por última vez, olía a madera noble y a perfume, a hipocresía y a éxito. Le sorprendió no sentir ninguna nostalgia al marcharse.
Al día siguiente, todos los periódicos llevarían la noticia a primera plana:
“BANCO DE INVERSIONES SUIZO ARRUINADO.- Uno de sus consejeros destina la mayoría de sus fondos a una ONG de ayuda al desarrollo.”

domingo, 9 de mayo de 2010

CLARA Y ESTANIS


Clara sabe que no es la manera, ni la hora ni el lugar, es consciente de que debería esperar un tiempo, dejar pasar unos días de tranquilidad, incluso unas semanas. No porque piense que existe solución, sino para encontrar una coyuntura más favorable, ese momento en el que uno siente que tiene que dar el paso. Pero ha tomado una decisión, y esta vez no se echará atrás. Al fin y al cabo, esto no es un problema nuevo, lleva mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, analizando los pros y los contras. Sus últimos meses han sido una lucha continua entre dos fuerzas ambivalentes; el deseo de marcharse, proveniente de su corazón, y la obligación de seguir intentándolo, que nacía de su cerebro. Siempre fuiste demasiado cerebral, Clarita, se recrimina mientras cruza la calle hacia la parada de taxis.
Concentrada como anda en sus reflexiones, el timbre del teléfono la asusta, el corazón le da un vuelco. Rebusca en su bolso y al final lo encuentra, tembloroso e iluminado, con un nombre escrito en la pantalla, Rubén trabajo, no lo coge. Silenciándolo, lo vuelve a dejar en el bolso y llama a un taxi.


Estanis se está quedando dormido, el sol de la mañana inunda su habitación de una agradable calidez. Si no fuese ese por olor químico que lo invade todo, los hospitales serian un lugar agradable. Mientras le atrapa el sueño, reflexiona. Una vez escuchó decir que los momentos previos y posteriores al sueño eran los de mayor lucidez, relajado y en la cama; así que piensa en el futuro, en la vida que le espera ahora. La realidad está agazapada detrás de la puerta de su habitación. Sabe que la visita del médico de esta mañana ha sido un punto de inflexión sabe que marcará un antes y un después. Sus noticias han sido como un bofetón ligero pero humillante, como de actriz de Hollywood de los años cincuenta.
La puerta se abre de par en par y entra una enfermera joven, con el pelo teñido de rubio y unos grandes pechos que bailan libres dentro de la bata. ¿Qué tal, cariño? ¿Cómo has pasado la noche? Le molesta la excesiva familiaridad de la chica, pero no dice nada. Entre palabras de afecto le quita el gotero, y al ir a coger algo de la mesa, le pasa las tetas por la cara. Recoge, y se va entre el rítmico ruido de sus zuecos chocando contra el suelo.


Rubén no es la razón, sino una consecuencia de todos estos años de hastío. Clara siente que está llegando a la salida de un enorme túnel, pese a lo duro que está resultando todo, siente una íntima satisfacción en lo que está haciendo, por primera es ella la que dirige su destino. Intuye que sólo hay un camino para salir de la oscuridad, y el camino es Rubén. Mientras pasan rápidos por la ventanilla los enormes edificios de la Castellana, le parece sentir la mano de Rubén, enorme, asiéndola pasional por la cintura. Cuando lo vio, lo sintió tan ajeno a si misma que ni siquiera huyó, no rechazó su contacto y se erigió en una especie de hermana mayor, en una confesora que acabó cazada por su monitor de gimnasio ¿o fue él el cazado?
Se siente rejuveneces ante la cascada de sensaciones que ha descubierto de su mano, justo cuando se había dado por vencida. Sabe que no tendrá muchas oportunidades más de renacer de sus cenizas, y se aferra a la vida huyendo del campo de batalla de su casa. Ha aceptado el trueque; cambia gravedad por ligereza, un hombre con el peso del mundo sobre los hombros, por otro que parece levitar. Y aunque no quiera admitirlo, se dice a sí misma, cambia veinte años de más, por veinte menos…

Ayer, cuando la vio entrar, se trasportó a otra época. Con aquella camisa blanca, Clara estaba espectacular. Y su olor, indefinible, fresco, que transformaba en propio fuera cualquiera que fuese el perfume que utilizara. Pero lo mejor vino cuando entró Julián, y ella se sentó junto a la cama, sonriente ante las tonterías del tarado de su amigo, y dejó caer su mano sobre la de Estanis. Hacía tanto tiempo que no se sentía tocado por Clara... Fue un momento de tal excitación que Estanis tuvo que concentrarse para contener una erección. Se dio cuenta de que hacía mucho que no había mirado a Clara, demasiado tiempo sin olerla, sin fijarse en los hoyuelos de sus mejillas al sonreír. Estuvo a punto de gritar. Es más, estaba seguro de que si todo aquello hubiese sucedido después de la funesta visita del doctor, hubiese gritado.
Maldita enfermedad que lo estaba haciendo confundirse. Cuando volviera por la tarde, a buen seguro Clara sería la misma de los últimos años, con aquella sonrisa horizontal, como forzada, y ese aire ausente de los últimos meses.

La repetición del engaño conduce a la impunidad, o al menos disipa el sentimiento de culpa. La primera vez que Clara se acostó con Rubén, se sentía sucia, indigna; miraba de soslayo a Estanis y casi no podía soportar mantener la boca cerrada, no contarle la verdad, no arrojársela a la cara como quien lanza un vaso de agua. Pero se fue habituando, sus encuentros quedaron para los martes y los jueves, encubiertos por la clase de aerobic, y algún que otro fin de semana de tanto en tanto. Sin embargo, al rascar en su interior, Clara encontraba un arrepentimiento pesado y pegajoso del que nunca se podría librar, que la hacía mortificarse hasta en los momentos más íntimos con Rubén. Y además, ahora con el ingreso de Estanis, las cosas empeoraban, su culpa era más grande que nunca, ocupando todo el espacio que dejaban sus ganas de descubrir.
¿ Le pasa algo, señora? ¿la puedo ayudar?- el taxista había parado delante del hospital, y ella lloraba como una tonta, sin darse cuenta de que habían llegado a su destino, y aquel hombre quería cobrar la carrera. Pago y se marchó, agradeciéndole su atención.

Definitivamente se ha desvelado, ya no retomará el sueño matutino. Mira el reloj y se dice que Clara debe estar al llegar. Ha pensado, como un niño, en la posibilidad de no afrontar la realidad, de no decirle nada a Clara, y que las cosas sigan como ahora; ella cuidándolo en aquella urna de cristal que es el hospital, y él mientras buscando la mejor estrategia para reconquistarla. Pero es imposible quedarse inmóvil, su vida es como en un barco, en el que sólo hay dos opciones, avanzar o retroceder, intuye que su natural inmovilismo no le sacará esta vez de los problemas. Se siente un auténtico perdedor, hace tiempo que entró en una espiral de autocompasión, y casi le hace bien este enorme vacío, al menos así ahuyenta los fantasmas de la culpa. Porque, mírate a los ojos Estanis, se dice, ¿De veras crees que no te mereces todo esto?
Se ha llevado un buen susto al abrirse la puerta. Es Clara. La observa más seria, los ojos vidriosos, y esa línea recta en la sonrisa, más tensa incluso de lo habitual. Lo saluda, y le pregunta por sus estado, pero ni se sienta, ni deja siquiera el bolso en la silla. Estanis huele el peligro de una forma animal, y por un momento piensa en huir.

Se lo ha dicho todo. Le ha dado fechas, y datos concretos, le ha expuesto las razones y su decisión de irse. Sin sentarse siquiera, desde un extremo de la habitación, derramando sin parar lágrimas de arrepentimiento y de liberación, llorando por las heridas de él y por las suyas, por la injusticia de este mundo y por el vacío que se iba formando a sus pies a medida que avanzaba en su relato. Lo ha observado sin decir nada, como si no le sorprendiera lo que estaba oyendo, empequeñeciéndose en medio de las sábanas, despeinado, sin afeitar y vestido con aquel ridículo pijama azul celeste. Cuando ha terminado, le ha pedido disculpas brevemente y se ha ido. Se siente ridícula mientras baja las escaleras con los ojos anegados en lágrimas; ridícula y cobarde, aunque no había mucho que él pudiera decir, no le ha dado siquiera la posibilidad de una réplica. Al salir a la calle, la recibe el ruido de los coches, la actividad de la calle amortigua su sensación de desconcierto. Pensaba que se sentiría liberada, pero es como un niño aprendiendo a nadar y que se aleja de la orilla; ni rastro de liberación, sólo miedo.
Suena el teléfono, y cuando lo encuentra, de nuevo es Rubén. Esta vez sí lo coge, se sienta en las escaleras del hospital, y se lo cuenta todo, sollozando, con una mano en la frente y el codo en la rodilla, ajena a los cientos de personas que suben y bajan.

Lo primero que piensa, es un tanto ridículo. O sea, que esto es la vida sin Clara, pues quizás no sea tan grave... Pero en pocos minutos comienza a sentir el aislamiento, una ligera lejanía respecto al mundo real, el olor plomizo de la soledad. Sin darse cuenta se le ha escapado una lágrima. Tras unos segundos en silencio ha encendido la tele, buscando algún estímulo externo con que distraerse. Agradece la salida precipitada de Clara, no sabe lo que le hubiese dicho, al fin y al cabo todavía le queda algún resquicio de orgullo, por lo que no pensaba preguntarle ningún de talle más de su infidelidad. Ni siquiera le ha dado tiempo de contarle la visita del doctor, aunque ahora no tiene importancia. El hecho de que le hayan dado el alta con tanta anticipación, que hayan descubierto su equivocación en el diagnóstico no fue una noticia excesivamente buena en ningún momento. Ahora tiene que volver a su vida diaria, sólo, sin mancha en los pulmones, que era tan sólo un quiste de grasa, pero también sin Clara.
Al rato, apaga la tele y cierra los ojos, se oyen por el pasillo ruidos de cubiertos, el trajín de las enfermeras sirviendo la comida. Si no fuera por este olor químico, los hospitales serian un lugar agradable.

sábado, 1 de mayo de 2010

FOIX




Hace muchos años, conocí a una criatura excepcional a la que seguí ligado por un extraño vínculo de fascinación hasta el día de su muerte. Un personaje único que generaba una arrebatadora mezcla entre atracción y temor. Su voz áspera sonaba a otra época, tenía la profundidad de algo muy antiguo, acaso un arcano indescifrable. Era una voz poderosa sin sonar autoritaria, y tenía la fuerza del miedo, la de lo desconocido.

Recuerdo que en nuestros encuentros me hablaba desde la penumbra, al fondo de aquella habitación que el desorden convertía en algo parecido a una cueva, en la que olía a cerrado, a olvido y desolación. Desde la oscuridad se distinguía una dejadez animal, como de años de abandono. Pese a todo el tiempo que llevaba esperando aquel momento, a todas las veces que lo imaginé, la primera vez que lo vi, el terror se apoderó de mí tomando mi pecho como granos de arena que se deslizan por un reloj, imparables y huidizos. La turbación me dominaba delante de aquella extraña criatura, al oír su voz me quedé paralizado y no supe que responder.

-Se que me andas buscado hace tiempo y quiero que sepas que no me hace la menor gracia que vayan husmeando tras de mí

Conocí a Bertrand en Foix, un pequeño pueblo de los pirineos franceses. Llegué hasta su habitación después de seguirle la pista durante meses, una búsqueda hacia algo que no estaba seguro de encontrar. Hacía mucho tiempo que había oído hablar de él, y había indagado su rastro por varias localidades del suroeste francés, pero hasta ese momento me había resultado esquivo. Hablé con pastores, con empleados municipales, soborné con chatos de vino a personajes asiduos a los bares, pero la información que conseguía siempre era incompleta. El que había oído hablar de él, no tenía datos concretos o no quería compartirlos, y los que se mostraban más locuaces no tenían la menor idea de su existencia.

Trabajaba de redactor en un pequeño diario parisino cuando escuché su historia por primera vez. Mis horarios laborales eran desordenados y en mi reciente descubrimiento de la noche de aquella sorprendente ciudad, trasnochaba cada día. Andaba siempre en busca del último trago, sin renunciar a las más extrañas compañías ni rehuir los lugares más siniestros.
Una calurosa noche de julio, una prostituta española me habló de que había conocido a un hombre-oso en los pirineos. Me contó que había trabajo con él durante años en un circo, y que el empresario ganaba una fortuna exhibiéndolo, que dormía en una jaula y comía las sobras del rancho que preparaban para el resto de los empleados. Luego lo dejó y no volvió a saber más de él.
Al día siguiente, con mis facultades recuperadas, lejos de los efectos de la absenta, aquella historia no se me había ido de la cabeza, en aquella época soñaba en convertirme en escritor. Me fascinaban aquellas historias fantásticas de Lovecraft, Poe o Maupassant. Pensaba sin duda que aquello podía ser el germen de mi primera novela. Así que esa misma noche, volví al burdel pertrechado de mi cuaderno de notas, y con suficiente dinero para pasar la noche con Dolores. Pero casualmente, ella ya no estaba allí. Me contaron que se fue tras una discusión con el dueño del negocio, que salió empuñando un cuchillo para que nadie la retuviese.
-Como si alguien hubiese querido que esa furcia se quedara aquí …Ja,ja- el gordo camarero reía de manera siniestra enseñando su prominente dentadura.
Aquella fue la primera vez que mi búsqueda quedó frustrada. Pero no sería la última. Tras mucho meditarlo, decidí mandar al traste mi prometedor trabajo de redactor y dedicarme por completo a mi carrera literaria.
La piel de Bertrand, de cerca era brillante, oleaginosa, surcada por mechones de pelo irregulares, algunos densos y largos, otros de un pelo débil, como de enfermo. Los ojos, curiosos puntos negros y brillantes en cuyo interior vivía el miedo , estaban como perdidos en unas enormes cejas que le cubrían los párpados por arriba y por abajo. Por ello eran terribles. Su nariz, siempre húmeda y de color negro como un hocico, se sacudía ligeramente en nerviosos tics. Unas mullidas y torpes manos, oscuras por el vello que las rodeaba, andaban siempre ocultas bajo las mangas de los grandes abrigos en los que intentaba disimular sus formas animales. Bertrand rehuía el contacto personal, lejos quedaban los días en que recorría los pueblos con el circo, mostrando su enorme envergadura parapetado tras las rejas de una jaula.
Su transformación fue paulatina, sutil. Al principio se le cayeron las uñas, una a una y sin producir el más mínimo dolor. Su capacidad para cazar se vio mermada poco a poco, y empezó a perder peso.

Unos días después empezaron a desconfiar de él sus compañeros. Olía diferente, caminaba más erguido y tras las primeras calvas, empezó a revelarse una piel rosada y débil que se rasgaba ante el más mínimo contacto con las piedras, o los arbustos, y que no lo protegía en las frías noches del pirineo. Un día se enfrentó con uno de los machos y quedó malherido e inconsciente. Lo encontraron unos cazadores que lo transportaron al pueblo en una parihuela improvisada. Para ellos no era más que un hombre alto y tremendamente hirsuto, herido por un oso.
A nadie le extrañó que no hablase, el doctor Pinault dijo que se trataba del estrés postraumático. Así que en cuanto se recuperó le enseñaron a hablar, a comer y a manejarse en sociedad como hubieran hecho con cualquier amnésico. Sin embargo Bertrand, al que llamaron así por haber sido encontrado en la festividad de aquel santo, nunca llegó a adaptarse del todo, ni a formar parte de aquella comunidad.
Cuando terminó su periodo de recuperación se convirtió en un paria, mendigando comida, o robándola de las despensas de los vecinos. Vagaba por las calles, desaliñado y perdido, luciendo su enorme figura de andares oseznos. Dormía y hacía sus necesidades en cualquier lugar. Pero lo que lo granjeó la desconfianza del pueblo entero fue cuando, incapaz de reprimir sus instintos reproductivos, se abalanzó sobre una joven que cargaba agua en la fuente. Esa misma tarde lo expulsaron del pueblo a pedradas.
A partir de aquel día empezó su leyenda, no había oveja muerta ni niño desaparecido que no se le atribuyese al hombre-oso. Sus historias se contaban en torno a las chimeneas, o en las tabernas, y en cada relato sucesivo se añadían nuevos y truculentos detalles. Pero la realidad era muy distinta, Bernard vivía del pillaje, dormía junto a los caminos y robaba la comida a los viajeros que se distraían. Una tarde, el dueño del “Cirque du printemps”, que transitaba por aquellas veredas, lo descubrió fisgando en su caravana. A punta de rifle lo metió en una jaula, y decidió que en lugar de entregarlo a las autoridades, se lo quedaría enjaulado para exhibirlo en su espectáculo. Se lo llevó a Foix, un pueblo conocido por su tradición en amaestrar osos, y lo explotó durante años, hasta que pudo sacarle algún rendimiento.
Me contaba aquello si excesiva tristeza, como asumiendo su destino con una resignación natural. Hablaba de manera pausada, lacónica, pero con una extraña profundidad que hacía que mi miedo nunca llegara a desaparecer del todo ante su cercanía. Pese a ello, Bertrand era una criatura vencida, sin esperanzas ni deseos.

Su gran envergadura, su olor corporal desagradable o sus ademanes torpes hacían más evidente su decadencia. Parecía llevar marcadas en la piel las horas de ridícula exposición entre rejas.
Nuestros encuentros no duraron mucho tiempo, pese a su intensidad. Pero en ellos me respondió a todo lo que pregunté. Puede que deseara que su historia fuese contada, que tuviese alguna aspiración de transcender a la posteridad, o simplemente puede que yo fuese la primera persona en preocuparme por él. El hecho es que mientras yo tomaba notas en mi libreta, me relató como tras años de escarnio en el circo, su dueño lo sacó una noche de la jaula, y entre patadas y empellones le dijo que no volviera por allí, que no iba a mantenerlo ni un día más. Un vecino del pueblo, de edad avanzada, soltero y con fama de raro, se apiadó de él y le dio cobijo. Con él vivió durante años, y continuó residiendo en su casa tras su muerte sin herederos.
Bertrand nunca se planteó el porqué de su metamorfosis, de su transformación en una criatura a caballo entre hombre y oso, repudiado por ambas comunidades, era simplemente un superviviente. Lo único que le hacía seguir hacia adelante era su instinto, heredado de su condición salvaje.
A mi regreso a Paris escribí una novela sobre su historia, aunque nadie la quiso editar; algunos la tildaron de falsa, otros de sentimentalista pero el hecho es que aquel escrito había nacido muerto. Volví al periódico, y retomé mi carrera periodística, que no fue excesivamente brillante hasta que tuve que cubrir la crítica gastronómica durante un mes de agosto, en el que el crítico titular estaba de vacaciones. Mis opiniones fueron muy apreciadas por gente influyente, y aquella gente pidió que las redactara más a menudo. Así fue como conseguí mi éxito profesional, una brillante carrera como gourmet.
Seguí En contacto con Bertrand hasta su fallecimiento, le enviaba puntualmente algo de dinero, y lo visité unas cuantas veces. Supe que había muerto por una vecina a la que llamaba por teléfono para comunicarme con él, su muerte fue en parte una liberación, tras la que no sabría decir porqué, me sentí tranquilo, aunque triste. Quizás fuera un sentimiento de culpabilidad, o únicamente el hecho de saber que ahora descansaría lejos de los prejuicios, de las etiquetas, de las convenciones sociales.

lunes, 19 de abril de 2010

MOMBASA, LAGO VICTORA



1ª PARTE: JOHN Y EL HOMBRE DE FUEGO


El calor es asfixiante en ésta tierra inhóspita que no está hecha para el hombre blanco. En áfrica se sienten inferiores, al menos físicamente. Nada que ver con los debates de la sociedad antropológica de Londres, de la que partieron algunos, ni rastro de la suficiencia y la superioridad con la que entre los ingenieros del ferrocarril pensaban en los indígenas antes de tocar esta tierra. Hay un sentimiento de peligro constante en todos ellos, una omnipresente sensación de fugacidad, la salud pendiendo de un hilo, la existencia como una rama seca presta a quebrarse ante cualquier imprevisto. La vida y la muerte se ven como dos caras de una misma moneda, y aunque muchos añoran el día a día de la urbe londinense, y más de uno dedica todos sus pensamientos a aquel día en el que su misión terminará y embarcarán de vuelta a la civilización, ninguno de ellos es ajeno al latir de la vida a flor de piel. Al saberse al filo de la navaja, aquí ningún acto es liviano, ni las intensas borracheras nocturnas, ni una misa en medio de la selva oficiada por aquel extraño fraile de inusitada delgadez, que hace quince años que vive entre los negros. Nada se olvida fácilmente, ni el encuentro con aquella prostituta etíope que olía a madera noble, ni la mirada de un viejo vendedor de antigüedades.
Ian es irlandés, o al menos eso dice su pasaporte, aunque nació en Kenia. Siendo el hijo del maestro de una explotación de madera no estuvo expuesto a privaciones de ningún tipo, siempre se relacionó con los hijos de los funcionarios del gobierno, y con los de los ingenieros que decidieron trasladar a su familia a aquel lejano lugar. Sin embargo en Ian late el corazón de áfrica, en su desaforado amor por las alturas, o en su ansiedad por cazar, en su irreverente forma de caminar por los lugares más peligrosos, y de enfrentarse a los individuos más indómitos. Los nativos lo llaman “hombre de fuego” por su roja cabellera y lo respetan enormemente. A veces olvida que muchos lo miran cuando atraviesa el puerto de Mombasa con paso firme en busca de un nuevo pasajero, aunque con el paso del tiempo se ha convertido en un personaje más de aquel ordenado desbarajuste. Hoy conduce en su avioneta a un individuo recién llegado. Se gira para mirarlo, y lo observa extraviado y confuso, apostaría a que aquel tipo nunca antes había subido a una avioneta. Lo imagina hace una semana tomando el té en algún pomposo salón, y se dice que el mes que viene, cuando vuelva a verlo, ya no será el mismo. Ha visto cambiar a tantos… algunos adaptándose al terreno y curtiéndose, y otros haciéndose cada vez más pequeños y débiles.
Mr. John Tucker, es un joven ingeniero, tímido e inteligente, que se ha educado en las mejores escuelas de Inglaterra. Pese a sus orígenes burgueses, no ha dudado en abandonar el ruidoso Kensington y dejar allí a su joven esposa, para tomar el mando de las obras del ferrocarril Mombasa-Lago Victoria, tras el fallecimiento del anterior ingeniero-jefe. Su plan es hacer venir a su esposa una vez que se haya adaptado al terreno, adaptación que no se le antoja demasiado fácil tras la visión de caótico puerto de Mombasa. Ahora intenta concentrarse para no vomitar ante los continuos movimientos de la avioneta conducida por aquel extraño irlandés que, pese a sus cabellos rojos, parece uno más entre aquellos primitivos africanos.


2ªPARTE: MAGADI


Al llegar a Magadi, hay una comitiva esperándolos. La plana mayor de la East Africa Railway Corporation se ha reunido para recibirlos. Hay incluso una banda de música compuesta por negros embutidos en uniformes militares, que interpreta el himno británico. Al bajar de la avioneta hay continuos choques de manos, enhorabuenas y sonrisas protocolarias. Han preparado una recepción que incluye un buffet del que Ian disfruta enormemente, mientras que Mr. Tucker no prueba bocado. Por la noche, mientras escribe algunas notas en su diario, echará de menos la apetitosa comida que rechazó.
Cuando la avioneta vuelve a aterrizar en Magadi, un mes después, las cosas son muy distintas. John, como lo llaman todos por expreso deseo suyo evitando los excesivos formalismos, ha dejado crecer su pelo, y se mueve por las obras del ferrocarril con destreza y autoridad. Siempre vestido de manera impecable, su atuendo ha adquirido, sin embargo, una elegante informalidad. Es un hombre activo, y el irlandés observa como las obras han avanzado mucho desde que él tomo el mando. Cuando lo viene a recibir a la pista de aterrizaje, lo saluda efusivamente, se diría incluso que está físicamente fortalecido. Almuerzan juntos en la tienda de Tucker, y éste le pregunta por sus cacerías de leones, el ingeniero se confiesa amante de la caza y le comenta su interés en acompañarlo en alguna de sus expediciones. Ian se muestra encantado con la idea, y hablan afablemente durante horas, hasta que el piloto tiene que partir para no ser alcanzado por la noche.
El vuelo de vuelta a Mombasa es espectacular, Ian observa los paisajes vírgenes bajo el sol del atardecer, un manto anaranjado se extiende sobre la sabana, y con la bajada de la temperatura los animales salen a beber y a cazar. Observa manadas de elefantes, familias de jirafas y enormes agrupaciones de ñus. Los hipopótamos salen del agua en la que se guarecieron del calor durante el día, y tranquilos y peligrosos pastan a las orillas del río. Los únicos hombres que observa son los pastores masais, que conducen a sus famélicas vacas en busca de los mejores pastos. Sus casas, de techo de barro son casi imperceptibles desde el cielo. Sin embargo, todo cambia al acercarse a Mombasa, donde se multiplican las pequeñas construcciones, y las calles son transitadas por cientos de nativos en ruidosa comitiva.


3ª PARTE: LA CARTA


“En los meses que siguieron a aquella visita, vi unas cuantas veces más a John Tucker, y aunque nunca concretamos aquella cacería de la que siempre hablábamos, sí adquirimos cierta complicidad. En mis visitas, siempre cenaba en su tienda, y compartíamos largas sobremesas en las que hablábamos de los temas más diversos.
Supe que su vocación era la poesía, pero que su padre, un estricto oficial del ejército inglés, nunca toleró sus devaneos con T.S. Eliot o Byron. John se crió en Mumbai, donde vivía con su familia, en un campamento del ejército inglés, y allí conoció a su mujer Sara. Adoraba hablar de su mujer, y uno era capaz de sentir que la conocía, únicamente guiado por sus descripciones, crípticas pero de una tremenda efectividad. Aborrecía todo lo relacionado con los militares, es probable que debido a su experiencia personal, y hablando de política sabía como tumbar a cualquier adversario.
Después, pasé varios meses sin verlo debido a una caída del caballo en una expedición a Uganda, que me tuvo postrado durante meses, y a punto estuvo de dejarme cojo. Una vez repuesto, mi primer viaje fue a Magadi. Había llegado una misiva urgente para Mr. Tucker y me brindé a llevársela en persona. Recuerdo perfectamente aquel viaje, durante los meses anteriores había llegado a pensar que tendría que dejar de pilotar, por lo que me sentí como si estuviese volando por primera vez. Con el sol del amanecer, aquella tierra parecía estar siendo inventada para mí, sus colores crudos y ocres, la elegancia de las acacias recortadas sobre el horizonte, la vida en cada palmo de terreno brotando nueva.
Cuando le di la carta, John me miró inexpresivo, y tomamos el té aún con la misiva cerrada sobre la mesa. Nada hacia presagiar el desenlace de aquella historia, salvo un extraño brillo en la mirada, entre la distancia y la resignación. Al cabo de un rato, nos despedimos, y volví a Mombasa. Meses después me enteré de que al recibir aquel mensaje, ya sabía que su mujer estaba gravemente enferma por otra carta que su suegro le había mandado unas semanas antes. Sin embargo sus obligaciones laborales le imposibilitaban abandonar Kenya, en ese momento estaban construyendo un enorme puente que quedaría paralizado sin la presencia de Tucker.
Así que concluyó su misión, aquella para la que había venido hasta aquí Y el día después de la inauguración de la línea férrea desapareció. Lo vieron alejarse en uno de sus paseos diarios al amanecer, y nadie le dio excesiva importancia. Antes de caer la noche ya lo estaban buscando, y así transcurrieron varias semanas. Rastrearon palmo a palmo los caminos, preguntaron a todos los jefes de los clanes de alrededor y a los pastores masais, pero nadie pudo dar una pista concluyente para encontrar a Tucker. Muchos lo habían visto, pero había seguido su camino. Me uní a la búsqueda una semana después de su desaparición, e hicimos una batida aérea de la zona, pero nada tuvo el menor resultado, se diría que se lo había tragado la tierra. Lo único que se encontró, unos meses después, en una zona muy distante a la del campamento, fue el diario de John y jirones de su ropa. El pastor que hizo el hallazgo pensó que lo habrían devorado los leones. Semanas después pude leer el diario de mi amigo.”


4ª PARTE: EL DIARIO


“Igual que escribo esto en un papel, podría gritarlo al viento, o susurrarlo a los centenarios eucaliptos que rodean mi tienda. Si mis palabras van a ser oídas, lo serán igualmente. Miro el espacio que me rodea y que iba a ser acondicionado para los dos, y estoy seguro de que te hubiese encantado. Esta tierra es tan bella, y su gente tan especial… En contraposición a lo que se dice en Londres, los nativos son gente respetuosa y con una dignidad fuera de lo común, tienen perenne la sonrisa en el rostro, y unas ganas inacabables de aprender.
He sido tantas personas distintas desde que llegué aquí… Al principio era desconfiado y débil, andaba observando atónito todo lo que acontecía a mi alrededor, temeroso de todo, añorando la civilización. Luego fui acostumbrándome, intentando comprender, abriéndome poco a poco. Ahora sé que no volveré, que este es mi sitio.
Llevo semanas vagando, guiado sólo por el instinto de supervivencia que no me deja caer. He atravesado ríos, y dormido en lugares tan bellos como peligrosos, pero mi deseo de abandonar no debe ser tan grande, porque siempre sigo hacia adelante. La semana pasada dormí con unos pastores que me obligaron a guarecerme con ellos en un cobertizo de barro y a compartir unas gachas de arroz que habían cocinado. Sólo el contacto con la gente me devuelve a la realidad.
Pero te confieso que cada vez ando más cansado, y soy menos cuidadoso con mis actos, ayer, una familia entera de leones pasó junto al camino en el que descansaba, y mirándome, siguieron de largo. Sé que todavía ando cerca de su territorio, puede que me tengan vigilado. No sé si tendré la misma suerte muchas más veces, y no sé si quiero tenerla. Ultimamente sólo tengo ojos para la oscuridad:

I had a dream, which was not all a dream.
The bright sun was extinguish'd, and the stars
Did wander darkling in the eternal space,
Rayless, and pathless, and the icy earth
Swung blind and blackening in the moonless air.
DARKNESS - Lord Byron. “

jueves, 18 de febrero de 2010

HASTA SIEMPRE DOCTOR


Buenas tardes caballero, venía a presentarle una queja en firme. Sé que quizás este no sea el lugar ni el momento más apropiado para hacerlo, pero en cuanto supe que usted estaba aquí pensé que si no lo hacía ahora nunca lo haría, así que vine a verle.

Tengo que decirle que estoy harto de la teoría, que ya la aprendí y que mis problemas siguen sin solucionarse. Me estudié todos los panfletos, las octavillas, asistí a todas las jornadas que usted me indicó, y aunque he de confesarle que conocí a gente que podría calificarse cuanto menos de interesante, no me reportaron ninguna solución práctica a mis problemas, como tampoco usted lo hizo.

Seguí al dedillo sus terapias, palabra de honor, durante meses todos los días dedicaba quince minutos a mirarme en el espejo y repetir con toda la convicción que me era posible “ SOY UN HOMBRE FELIZ “. Sería injusto por mi parte dejar de reconocer que poco a poco les fui tomando cariño a esas cuatro palabras, que al pasar el tiempo llegué a sustituir la costumbre de cantar en la ducha coplas de doña Concha Piquer, y repetía sin cesar la maldita frase. Recuerdo incluso un día que me sorprendí a mí mismo recitando su terapia en voz alta en un autobús de línea. Pero su consejo no tuvo efecto, cuanto más me miraba al espejo más notaba una sensación de alejamiento de mí mismo, como si yo fuese alguien ajeno a mi cuerpo; un día se lo comenté, y usted, el señor psicólogo, me respondió simplemente que “todos tenemos rasgos de neurosis, aunque no sea patológico”. Nunca le dije que después de esa visita viví traumatizado durante más de un mes, traumatizado e insultado, porque usted me había llamado neurótico...

El siguiente paso fue comprarle, porque eso sí, usted siempre fue un poco negociante, el curso multimedia de “COMO APRENDER A SER FELIZ EN DIEZ SESIONES”, que según decía era un complemento perfecto a la terapia que estábamos siguiendo. En un principio me pareció entretenido despertarme y recibir los buenos días que me brindaba el magnetófono, pronunciados por una voz firme y varonil como de doblador de películas clásicas, pero cada día se me hacía más pesado escuchar la retahíla de piropos que me brindaba, supongo que para subir mi autoestima. Pero lo peor de este método fue que me hiz aborrecer la bellísima canción de Serrat “Hoy puede ser un gran día”; su terapia recomendaba escucharla cinco veces al día, así que su admiración por el genial cantautor hizo desaparecer la mía.

Puede que durante algunos días llegara a sentirme bien, y fíjese que le digo bien, y no feliz, que es lo que pretendía al fin y al cabo aquel curso. Sinceramente, nunca pude siquiera acariciar la coherencia conmigo mismo, ni siquiera rozar con las yemas de mis dedos la felicidad que usted me vendió con su espíritu fuerte y libre, a lo único que llegué de verdad es a admirarlo a usted, sentado en su sillón de cuero negro con remaches, tras la mesa de mobila de su oficina, tan seguro de sí mismo, escondido en esa sonrisa que irradiaba una deliciosa paz.

Pero nunca pudo librarme del mal que me aquejaba y que aún hoy me hace más que andar por la vida, reptar por ella. Siempre ocurría lo mismo con cada una de sus terapias, era magnífico levantarse con ellas, uno andaba al trabajo desconocido y los compañeros se sorprendían, “Martínez, estás espléndido” decían, pero todo era pura fantasía… Todo cambiaba sobre las tres de la tarde, al llegar a casa y enchufar la televisión. Mi problema sigue siendo el mismo de siempre, depresión obsesivo compulsiva, como la llamaba usted.

Lo cierto es que no puedo soportar lo que leo en los periódicos, lo que escucho en la radio o lo que veo en el noticiario de la televisión; me quitan el apetito las hambrunas, me duelen las heridas de las gentes caídas en todas esas batallas diseñadas para que mueran y no soporto el dolor de unos familiares llorando por aquel al que perdieron. Me ahogo en las inundaciones, padezco de vértigo cada vez que tengo noticia de algún terremoto y me lleno de cenizas cada vez que un volcán se lleva con su erupción lo poco que tiene la gente que vive en los alrededores, y es que no sé si usted ha reparado alguna vez que la gente que vive cerca de un volcán, del epicentro de un terremoto o a orillas de un río que se desborda, suele ser gente pobre.

Sí, ya sé que todo tiene su medida y que mi patología ha destrozado mi matrimonio y ha llevado al traste la relación con mis hijos, pero qué quiere que le diga, será exagerado hipotecar mi patrimonio en pro de los desastres de la humanidad, pero no me negará que romper una relación padre-hijo por una maldita residencia veraniega no es el colmo del egoísmo. Pues yo le puedo asegurar que mis hijos dejaron de hablarme por haber vendido el apartamento de la playa. Imagínese la de medicamentos que comprarían con ese dinero, la de bocas que pudo alimentar un cuchitril de cincuenta metros cuadrados en una playa donde había que reservar sitio a primera hora de la mañana para poder “disfrutar” de un baño de sol rodeado de críos gritones, de adolescentes maleducados y de familias que, en aras de conseguir su espacio vital, le ponen a uno la fiambrera en la toalla. Francamente pienso que les hice un favor.

Lo del coche fue diferente, es cierto que viviendo en el extrarradio un coche siempre es necesario, pero aquello fue instintivo, lo hice casi sin pensar. Tenía que haber visto a aquella familia de magrebíes con una furgoneta destartalada y atestada de regalos para sus familiares, la alegría de sus caras sí que me hizo sentir feliz por unos instantes, y no todas esas terapias suyas. Pero todo duró hasta que llegué a casa, no se lo puede imaginar, aunque creo que se lo conté en alguna de nuestras visitas, pero aquello había que verlo. La prudencia de mi mujer se desvaneció, sus patadas a la furgoneta acabaron con los faros que quedaban vivos y las que me propinó a mí me dejaron cardenales que todavía no he olvidado. Minutos después hizo las maletas y se marcharon...

Usted siempre me dijo que ésa no era forma de ayudar a nadie, recuerdo una frase suya muy bonita “para querer a los demás tiene que empezar por quererse usted mismo”. Lo cierto es que nunca la entendí, supongo que de otro modo no me hallaría todavía en esta situación, pero no me arrepiento de nada. La gente habla de mí en el barrio, en el trabajo y me tienen por loco, incluso hace unos días recibí una oferta para asistir a un programa de televisión, de esos que hacen por las tardes en los que sale gente rara contando sus experiencias, pero ni me considero raro ni me gusta llamar la atención, así que rehusé asistir.

A mí lo único que me pasa es que me afectan, quizás demasiado, las desgracias ajenas. Ya ve, sin ir más lejos desde ayer estoy completamente destrozado, hundido en la más honda de las tristezas... ¿Pero cómo se le ocurrió saltar a la vía cuando se acercaba el tren? ¿no pensó usted en el disgusto que le daría al conductor? claro que sí lo hizo fue porque usted no pensaba nada más que en sí mismo, en sus problemas. Cuando lo leí en el periódico no lo podía creer, me siento culpable por no haberle brindado mi ayuda, no sé, un hombro sobre el que llorar, alguien con quien comparar su situación desamparada, eso ayuda ¿sabe?.

Hay quien dice que se lo esperaba, que era un tipo muy raro... pero usted era un hombre equilibrado, o eso parecía, de veras que yo lo admiré. Por eso le ruego que no se tome a mal las recriminaciones que le he hecho en esta visita póstuma, simplemente eran cosas que necesitaba decirle, para que no se me quedaran en el tintero. Para que vea que no le guardo rencor, hoy me he prometido no comprar el diario, no escuchar los noticiarios de la radio ni enchufar la televisión, y todo en honor a usted, bueno y al maquinista, que menudo disgusto tendrá el hombre. He conseguido su dirección por medio de un amigo y después le pasaré a ver, no se preocupe, yo le hablaré bien de usted, le diré que lo hizo en un arrebato de locura pero que era buena gente…
En fin, qué más le puedo decir, hay dos personas mirándome desde hace un rato y no quiero que me tomen por loco, así que hasta siempre doctor...

viernes, 12 de febrero de 2010

UN DIA CUALQUIERA



Un día cualquiera sales de trabajar, es un poco antes de lo habitual debido a una reunión que acabó antes de lo previsto. Montas en el coche y te adentras en el marasmo del tráfico en plena hora punta. La lluvia hace que la circulación sea más densa de lo habitual, el embotellamiento es desquiciante, pero conectas el reproductor de música y los parabrisas empiezan a moverse al ritmo de los conciertos de Brandemburgo. Relajado, de la mano de Bach, empiezas a hacer repaso el día, avanzando con tímidos golpes de acelerador y omnipresente el embrague, te dices que tu próximo coche tiene que ser automático. Al llegar al cruce de la Gran Avenida, la circulación adquiere fluidez y en apenas cinco minutos estás entrando en la puerta de la urbanización, giras a la derecha, y ya estás en casa.


Lo primero que te sorprende es no ver el coche de Inés en el cobertizo trasero, el hueco está vacío, como está vacío el jardín delantero de la casa donde acostumbra a jugar tu hijo Álvaro. La imagen desde la distancia te produce cierta desazón, mezcla de enfado e inquietud. Aparcas el coche y entras en la casa, el olor del hogar te provoca una sensación placentera, te devuelve las ganas de pasar una tarde en familia. Cuelgas el abrigo en el perchero y te diriges a la cocina, otra nueva visión vuelve a descolocarte; en la tetera encendida, el agua se ha consumido, pero la estancia está vacía. ´


- Inés!!... - Gritas el nombre de tu mujer.
- Hola! ¡Alvaro…!- no obtienes respuesta.
-¡Ya estoy en casa!- pero nada, nadie responde.


Subes las escaleras y haces un rápido repaso de todas las habitaciones, pero no hay nadie. Vuelves a gritar sus nombres, no obtienes ninguna respuesta. Desde la ventana de tu habitación observas la calle, las parcelas cercanas, todo está tranquilo, son las seis de la tarde de un día laboral. Mientras observas, te das cuenta que estás empapado en sudor, la espalda, la frente… ¿cuándo acabará este maldito verano? Te abres el nudo de la corbata, doblas las mangas de tu camisa y abandonas la habitación.


Contrariado, te diriges al salón, la estancia presenta el mismo aspecto que la cocina, una habitación vivida pero vacía, un cenicero con colillas, un libro reposado en la mesita de centro, un vaso de agua a medias. Todavía puedes percibir el olor a tabaco en el ambiente, y casi ver a tu mujer leyendo a Patricia Highsmith, con el cigarro en la mano y observando el juego de Álvaro con el rabillo del ojo. También tú decides encender un cigarro e intentar buscar un poco de esa calma que te es esquiva desde hace un tiempo. Sacas de un bolsillo del pantalón un pastillero, coges un ansiolítico y tras partirlo en dos te lo tomas con un trago de agua. Te dices que no pasa nada, que estás exagerando las cosas. Y ciertamente no es para tanto, el ligero mareo que te produce el humo en tus pulmones te confiere una pequeña tregua. Últimamente todo va muy rápido en la empresa, despidos, cambios en el organigrama, objetivos que no se alcanzan. Demasiada presión para no acusarla, incluso alguien como tú, tranquilo y reflexivo. Reposas la cabeza en el sofá y decides esperar pacientemente. Sin darte cuenta, caes en un profundo sueño.
Cuando despiertas, ya es de noche, han pasado casi dos horas. El aspecto de la casa es inquietante, tal solo iluminada por la luz de las farolas de la calle que se cuela por los ventanales. Tu desasosiego va en aumento cuando empiezas a ser consciente de la situación, tienes el estómago en un puño, y un incipiente dolor de cabeza. Nunca te sentaron bien las siestas. Te levantas de un salto, y rápidamente repites el recorrido por las habitaciones de la parte superior, pero el resultado es el mismo, están vacías. Sales a la calle, el hueco en el que Inés aparca su coche sigue también vacío. Tu desconcierto va en aumento, pero intentas pensar… El móvil, claro ¿cómo no se me habrá ocurrido antes? Coges el móvil y empiezas a marcar…pero algo extraño sucede, no recuerdas el número de tu mujer, por más que te empeñas te es imposible recordarlo.


Finalmente, devorado por la ansiedad, decides buscarlo en el teléfono, pero en tus contactos por la letra “I” no aparece el teléfono de Inés, observas atónito la lista, “Isabel”, “Inmaculada”, “Icíar despacho”… tienes el corazón acelerado, estás muy confuso. Todavía a oscuras te sientas en el sofá de nuevo, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza entre las manos. Intentas de nuevo recordar el teléfono , pero no te viene nada a la cabeza, ni un número… No sabes que te pasa, aunque lo achacas a la confusión que te produce la desaparición de tu familia. Tienes la boca seca, decides tomar una cerveza.


De camino a la nevera, intentando respirar con calma, evocas la imagen de tu mujer, la de tu hijo, pero como a un amigo que hace años que no ves, te cuesta ponerles cara, lo que te provoca una mayor ansiedad, tienes que calmarte. Tu diálogo interno es acelerado, catastrófico, piensas en lo peor… De vuelta al salón, enciendes la luz, buscas instintivamente entre las fotos las caras de Álvaro e Inés, pero no tienes allí ninguna foto suya, piensas que cuando esto acabe tienes que hablar con Inés para enmarcar alguna foto de la familia. Pero de repente, una premonición te acecha de manera inquietante, fría como el filo de una espada. Sales corriendo escaleras arriba, entras en la habitación de matrimonio, y abres el armario… Al instante, tu visión se enturbia, y sin apenas darte cuenta, las frías lágrimas que te anegan los ojos ruedan pesadas por tus mejillas. En el armario no hay ni una sola prenda de ropa femenina.


Te echas las manos a la cabeza, ¿Qué es lo que te pasa? Intentas calmarte y convencerte de que alguien ha robado toda la ropa de Inés, pero tú sabes que eso no es cierto. Estás desconcertado, no entiendes nada, avanzas a trompicones por el pasillo, bajas al salón y te sientas en el sofá. Es ese mismo instante suena el móvil, te asusta su sonido estridente en medio del silencio. Lo observas, es un número desconocido, descuelgas…


-¿Dígame?- al otro lado de la línea, alguien guarda silencio.- ¿Quién es?
-Gonzalo, soy yo…Inés.- Mientras oyes su voz, observas que ha empezado a llover.


FIN